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El Espíritu Santo, con los Dones, nos guía hacia Dios.

Acciones del Espíritu Santo

Presenté en el programa anterior los dones del Espíritu Santo que describe Isaías 11 y ahora describiré algunas acciones que lleva a cabo el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad. Él es el ejecutor, por medio de quien se hace todo lo que Dios realiza. El Espíritu Santo es Dios en acción, que especialmente, aunque no de manera exclusiva, actúa para cumplir su propósito redentor. 

Llamarlo Espíritu Santo no significa que es espíritu en un sentido diferente al Padre y al Hijo. Ha sido llamado de muchas maneras, entre ellas “el Ayudador”, un concepto que concuerda con la enseñanza de Jesús concerniente al Espíritu Santo como el Paracleto, palabra que significa consejero, ayudador, respaldo, apoyo, asesor, abogado, aliado.

Cristo resucitó, como cabeza de una nueva creación, por el poder del Espíritu, como dice 2Co 5,17, y es el Espíritu Santo quien da testimonio a los hombres acerca de Cristo glorificado; además continúa la labor de Cristo en el mundo, pues crea y vitaliza la iglesia; da a conocer el plan de Dios para la salvación de los hombres e intercede por nosotros; además inspiró, preserva e ilumina la Sagrada Escritura. Él es Dios cercano al hombre y universalmente presente (Sal 139,7). Nosotros tenemos acceso a Dios por medio del Espíritu así como por medio del Hijo (Ef 2,18). Y el Espíritu Santo es la esencia de todas los regalos de Dios para nosotros, como dice Jesús en Luc 11,13: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”. 

El Espíritu Santo lleva a cabo diferentes acciones, algunas de ellas son: aboga

Lava los corazones y Produce Alegría [Del lat. alacer, entusiasmo] Satisfacción, contentamiento, júbilo. Desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras, la alegría del cristiano, el hombre nacido de nuevo, es decir el hombre que, regenerado por el Espíritu Santo, se empeña en andar según la naturaleza divina, pues habiendo vencido ya la tendencia natural y carnal, sólo se guía por el Espíritu Santo y no se deja atrapar ni por los encantos del mundo, ni por la soberbia de la vida; no depende de las circunstancias, pues como don de Dios y fruto del Espíritu Santo, puede disfrutar de alegría aún bajo las condiciones más adversas. Según la descripción del apóstol Pablo (1Co 3,1), es el hombre según Cristo.

Es también nuestro Abogado La palabra griega (parákletos) se traduce como “abogado” únicamente en 1Jn 2,1. En el Evangelio de Juan (Jn 14,16 y 26; 15,26 y 16,7) se usa “Consolador” para identificar al Espíritu Santo como aquel que se encuentra al lado del acusado.

El término “abogado” en la Primera Epístola de Juan se refiere a Jesucristo, el primer Consolador. El escenario para la palabra “abogado” es una corte de justicia, y en nuestro juicio, aun siendo culpables, no estaremos abandonados, porque Cristo nos representa amorosamente. Él es el único que puede mediar entre el pecador y Dios. Este Abogado no defiende el caso sino que presenta su propia sangre como sustituto aceptable por el castigo. Y en Pentecostés, la oración de Cristo fue contestada por el Padre al enviar otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14,16).

El Espíritu Santo, es Espíritu de Adopción y como tal, da testimonio de que hemos sido aceptados como hijos de Dios. Esta seguridad interior nos lleva a exclamar: “¡Abba, Padre!”, el reconocimiento espontáneo de un hijo frente a su padre (Ro 8,15-17; Gál 4,6-7). Por la adopción llegamos a ser “coherederos con Cristo” de todos los tesoros, recursos y privilegios del reino de Dios.

Es también el Espíritu que nos lleva a la Adoración a Dios, a reconocer nuestra necesidad de cultivar el espíritu de reverencia y respeto que conduce a la adoración. Es la chispa esencial de la llama celestial que inspira, promueve y sostiene la vida del alma. La adoración es una cita con Dios, que dice en Éxo 25,22: “Allí (en la adoración) me presentaré a ti y te hablaré”. Entonces, si queremos oír la dirección de Dios, postrémonos en adoración.

El Espíritu Santo nos lleva a amar a Dios y al prójimo. En el NT se puede ver claramente la relación de agapao/agape con voluntad. Agapao significa amar por decisión propia. Por ello el amor ágape puede ser bueno o malo, según si “preferimos” a Dios o al mundo. 1Jn 2,15: “No amen al mundo, ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no ama al Padre”

En Ezequiel, (Ez 18,31) después de exhortar a su pueblo diciéndole: Apártense de todas las maldades que han cometido contra mí, y háganse de un corazón y un espíritu nuevos., Dios prometió: Los lavaré con agua pura, los limpiaré de todas sus impurezas, los purificaré del contacto con sus ídolos; pondré en ustedes un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu, y haré que cumplan mis leyes y decretos” (Ez 36,25-27). Vemos entonces, que guardar los mandamientos de Dios y andar en sus caminos es una consecuencia de amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas; y que Dios hará una obra transformadora en el corazón humano a fin de capacitar a las personas para amar de esta manera. 

Tanto es así que aun cuando el prójimo se convierta en enemigo, el amor es todavía la regla para ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mat 5,43-48)

Aunque Jesús mantiene la afirmación del AT que el amor a Dios resulta en obediencia, cuando dice “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.” – “El que recibe mis mandamientos y los obedece, demuestra que de veras me ama.” –  “El que me ama, hace caso de mi palabra” (Jn 14,15; 21; 23; y 15,10); Estas declaraciones se encuentran en medio del mandamiento de amarse unos a otros (Jn 13,34-35; 15,12 y 17). Así que la obediencia esencial del amor a Dios (santidad interior) es el amor a otros (santidad exterior).

El NT destaca dicha realidad varias veces (Ro 13:8-10; Gál 5:14; Stg 2:8; 1Jn 4:20-21; 1Jn 5:2-3), y afirma que el amor de Dios es perfeccionado en quien guarda la palabra de Dios, y Juan expone el mandamiento a amar, “si nos amamos unos a otros, el amor de Dios es perfeccionado en nosotros” (1Jn 2,5 y  7-11; 4,12); el vínculo de la perfección es el amor (Col 3,14); y la meta o “perfección” cristiana, es el amor del corazón puro. (1Ti 1,5).

Pero el amor perfecto es la obra del Espíritu Santo en el corazón que ha sido purificado por fe, como leemos en Hch 15,9 lo que Pedro dijo en relación a los no judíos que habían dejado sus antiguas creencias para seguir a Dios, dijo:“Dios no ha hecho ninguna diferencia entre ellos y nosotros, pues también ha purificado sus corazones por medio de la fe.” Y en 1Pe 1,22 nos dice Ahora ustedes, al obedecer al mensaje de la verdad, se han purificado para amar sinceramente a los hermanos. Así que deben amarse unos a otros con corazón puro y con todas sus fuerzas.

 El amor de Dios es derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (Ro 5,5) por lo que es la realidad decisiva de la existencia cristiana. (1Co 12,1-31 y 1Co 13,1-13). Juan en su Primera Epístola une todas estas ideas cuando, con sus repetidos mandatos a amarnos unos a otros, afirma que el amor es de Dios; que los que aman permanecen en Dios y Dios en ellos; que vivir en Dios y que Dios viva en el creyente cuenta con el testimonio del Espíritu; y que los que se someten en obediencia amorosa, son perfeccionados en amor.

El Espíritu Santo nos lleva al Arrepentimiento. Aunque el arrepentimiento del que habla el evangelio es básicamente un acto del hombre, éste es imposible sin la obra del Espíritu Santo. San Pablo en Ro 2,4 dice queEs precisamente su bondad la que te está llevando a convertirte a él.” Pero el arrepentimiento y volverse a Dios, antecede a la salvación, y es una preparación para esta, porque es necesario para que Dios nos perdone (Hch 2,37-38). Pero también implica confesión y restitución. (Éx 22,1,3-4  y 1Jn 1,9)

El Espíritu Santo también nos lleva al Avivamiento, que puede definirse como un despertar religioso que restaura en nosotros la conciencia de la santidad y amor de Dios y fortalece la comprensión de lo que el amor y obediencia a Dios significan. Mediante la intervención del Espíritu Santo, experimentamos avivamiento y somos guiados a una reflexión de los temas centrales de la fe, así como al arrepentimiento, la renovación, y a una comprensión más amplia de las particularidades del discipulado.

El Espíritu Santo es y da vida por medio del amor que derrama en nuestros corazones Rom 5,5 y con él nos prepara para relacionarnos mejor con Dios y con los demás, y para ser instrumentos suyos, para lo cual nos prove de sus Dones.

Cristo nos dio su Espíritu de vida, muriendo y resucitando en el misterio pascual, de manera que la ley de Cristo es la ley de su espíritu y de su amor, por ello es la perfección de toda ley y de la Escritura, que da su vida de amor. Pero serán espíritu y vida, en la medida en que lo que se lee en la Biblia, se haga vida.

Y en cuanto a la relación Espíritu Santo y Cristo, se comprende desde cuando Jesús recibe el Espíritu y cuando Jesús da el Espíritu

Algunos rasgos que definen la existencia de Jesús, como existencia en y con el Espíritu los encontramos en:

1●- El bautismo de Jesús, que representa una capacitación: Jesús es ungido, es decir, impregnado y dirigido por el Espíritu Santo (Hch 10,38); el Espíritu reposa sobre él, permanece en él y lo capacita para su mission. (Jn 3,34-36).

2●- El Espíritu está con Jesús en la lucha contra el mal, para que libere a los hombres del poder de Satanás.

3●- El Espíritu es el protagonista de la obra evangelizadora que lleva a cabo Jesús (Lc 4,141 5).

4●- El Espíritu es el generador de la oración de Jesús, quien hace posible su relación filial con el Padre.

El segundo momento de la relación con el Espíritu Santo es cuando Jesús da el Espíritu Santo. Esto se manifestó en Pentecostés cuando el Espíritu Santo vino sobre los que estaban reunidos en oración, en obediencia a la orden del Señor, y recibieron los Dones Del Espíritu. 

ORACIÓN:

ORACIÓN

Señor Dios y Padre nuestro, en el nombre de tu hijo Jesucristo, de común acuerdo con los oyentes, te pedimos que envíes al Espíritu Santo para que nos llene de su presencia y que nos de su vida, vida de amor que nos lleve a Adorarte, a reconocer nuestra necesidad de cultivar el espíritu de reverencia y respeto que conduce a la adoración; que nos lleve a amarte verdaderamente a ti y al prójimo, a arrepentirnos de nuestros pecados, que nos lleve al Avivamiento, al despertar religioso, y que restaure en nosotros la conciencia de buscar la santidad y tu amor, que fortalezca la comprensión de lo que el amor y obediencia a ti significan, y nos prepare para relacionarnos mejor contigo y con los demás, y que nos provea de sus Dones para que lleguemos a ser instrumentos de bendición para nuestro prójimo. Que así sea para honra y gloria de tu santo nombre.

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